viernes, 31 de agosto de 2018

La habitación del tiempo


La habitación del tiempo
Cristóbal Camejo Linero


     Como un viejo marfil era la palidez de su rostro. En la brevedad de su vida nunca había visto una nave vimana, de pronto no aquí, en esta aglomeración de eventos que llamamos realidad o, específicamente hablando, en este antiguo universo que alguna vez se inició cuando explotó su cabeza en medio de la habitación. Afuera, no lejos de aquí, todavía ocurre la historia humana. Arsubanipal, en éxtasis, se encargaba de revisar y clasificar las numerosas tablillas en cuneiforme que recién habían llegado a su gran biblioteca en la ciudad asiria de Nínive; Marilyn Monroe estaba indecisa si hacía una película pornográfica y Heisenberg, metido en un electrón-laboratorio, medía la relación de indeterminación de otro electrón, esto mientras era observado a su vez, en su posición y momento lineal, por otro Heisenberg metido en un planeta. Ocurrían otras cosas más, por ejemplo, la hambruna que padecían en su casa desde hace tres meses, pero eran estas las que le interesaban.

     La nave vimana frente a él era minúscula, casi del tamaño de un protozoario, una mosca podría absorberla y hacerla desaparecer, pero no, una mosca no lo salvaría. Llegó el momento de decidir, no hay tiempo para una metamorfosis y escapar o escupir fuego mientras ataca con su espada, además ya Arcadia estaba muy retirada de este tiempo, no habría velocidad posible, ni siquiera la de la luz, para alcanzarla. Ante esta difícil situación, este héroe sólo intentó una duplicación de su rostro hasta las mil caras pero la microscópica nave espacial, emitiendo un rayo de luz índigo, lo engulló.  

     Despertó en un mundo de dos dimensiones. Quedó boca arriba, hecho extensión, sin la posibilidad de algún sentido. Tenía, en la parte superior de ese plano, un gigante acéfalo que llevaba su propia cabeza colgada en la mano derecha, mostrándola perennemente a la nada. Y alrededor, como cercándolo a ambos, una enorme serpiente que se mordía la cola. En esta bidimensionalidad, en esta portada, donde sólo es posible la longitud y la latitud, el pensamiento, con su eterna escritura e imagen, era lo único que podía tener profundidad. Decidió esa noche abrir el libro sagrado que había robado del templo. Los astros tenían la disposición indicada según la interpretación que le fue revelada de los signos inscritos en la antigua mano de piedra. Es el Libro de las Mutaciones (o de los Cambios) que yo leo. El futuro y el pasado me los han bloqueados, pero algo, un gran estallido, debe hacer una grieta en esta habitación.