La habitación del tiempo
Cristóbal Camejo Linero
Como un viejo marfil era
la palidez de su rostro. En la brevedad de su vida nunca había visto una nave
vimana, de pronto no aquí, en esta aglomeración de eventos que llamamos
realidad o, específicamente hablando, en este antiguo universo que alguna vez
se inició cuando explotó su cabeza en medio de la habitación. Afuera, no lejos
de aquí, todavía ocurre la historia humana. Arsubanipal, en éxtasis, se
encargaba de revisar y clasificar las numerosas tablillas en cuneiforme que
recién habían llegado a su gran biblioteca en la ciudad asiria de Nínive;
Marilyn Monroe estaba indecisa si hacía una película pornográfica y Heisenberg,
metido en un electrón-laboratorio, medía la relación de indeterminación de otro
electrón, esto mientras era observado a su vez, en su posición y momento
lineal, por otro Heisenberg metido en un planeta. Ocurrían otras cosas más, por
ejemplo, la hambruna que padecían en su casa desde hace tres meses, pero eran
estas las que le interesaban.
La nave vimana frente a él
era minúscula, casi del tamaño de un protozoario, una mosca podría absorberla y
hacerla desaparecer, pero no, una mosca no lo salvaría. Llegó el momento de
decidir, no hay tiempo para una metamorfosis y escapar o escupir fuego mientras
ataca con su espada, además ya Arcadia estaba muy retirada de este tiempo, no
habría velocidad posible, ni siquiera la de la luz, para alcanzarla. Ante esta
difícil situación, este héroe sólo intentó una duplicación de su rostro hasta
las mil caras pero la microscópica nave espacial, emitiendo un rayo de luz
índigo, lo engulló.
Despertó en un mundo de
dos dimensiones. Quedó boca arriba, hecho extensión, sin la posibilidad de
algún sentido. Tenía, en la parte superior de ese plano, un gigante acéfalo que
llevaba su propia cabeza colgada en la mano derecha, mostrándola perennemente a
la nada. Y alrededor, como cercándolo a ambos, una enorme serpiente que se
mordía la cola. En esta bidimensionalidad, en esta portada, donde sólo es
posible la longitud y la latitud, el pensamiento, con su eterna escritura e
imagen, era lo único que podía tener profundidad. Decidió esa noche abrir el
libro sagrado que había robado del templo. Los astros tenían la disposición
indicada según la interpretación que le fue revelada de los signos inscritos en
la antigua mano de piedra. Es el Libro de las Mutaciones (o de los Cambios) que
yo leo. El futuro y el pasado me los han bloqueados, pero algo, un gran
estallido, debe hacer una grieta en esta habitación.
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