domingo, 26 de agosto de 2018

El loco ajedrecista y yo


El loco ajedrecista y yo


Cristóbal Camejo Linero



     Un cerebro de grandes dimensiones apareció esa tarde en los cielos de Maracay. Muchos corrieron atemorizados y algunos desmayaron ante las extraordinarias magnitudes, nunca vistas, de esa masa de tejidos nerviosos. Desde aquí puedo ver que manifiesta una variación cromática que va del color rosa más intenso hasta un profundo púrpura y además prorrumpe continuamente manifestaciones lumínicas, centelleantes que juzgo pueden ser por la alta tensión de la carga eléctrica que internamente debe generar, evidentemente para poder contener o justificar tanto engrosamiento de características sobrenaturales; considero que esa aglomeración en cualquier momento puede causar una serie de descargas de gran intensidad y fulminar la ciudad entera. Jamás he escuchado el tronar de un cerebro tan enorme. Según las mediciones que he realizado hasta ahora esa monstruosidad tiene mil doscientos codos de longitud, dos cientos codos de anchura y ciento veinte de altura.    

     
     El loco ajedrecista, que vive al lado de la ferretería, salió corriendo para la avenida con su ajedrez y comenzó a gritar repetida veces al ciclópeo cerebro: “¡Te reto a una partida!”. Policías y militares, que en ese instante llegaban, lo detuvieron pero sin darle paliza. Sin embargo, el resto de los que allí estaban quedaron estupefactos ante las encendidas exigencias del loco. Terminó librándose de los militares y policías y caminaba de un lado a otro maldiciendo mientras agitaba su vasta cabellera gris (el mismo acto como cuando no tomaba la medicación).

     
     Para la sorpresa de todos, el cerebro comenzó a descender. Policías y militares apuntaron sus armas esperando la orden para disparar, lo mismo que algunos malhechores que acostumbran a robar por aquí. En ese momento pudimos escuchar, pero internamente, una voz potente y grave que decía: “Tú humano, ¿te atreves a jugar ajedrez con el cerebro más grande y poderoso del universo?”. El loco, mirando fijamente a la monstruosidad cerebral, gritó eufóricamente: “¡Sí, sí quiero!”. En seguida todos volvimos a escuchar la potente y grave voz decir lo siguiente: “Muy bien. Sí jugaremos pero no aquí en medio de la avenida sino en un triángulo circunscrito que hice en el Triángulo de Las Bermudas.” El loco inmediatamente respondió señalándolo: “No, no, tú no me llevarás a esa antigua trampa alienígena. ¡Ja! No hay que conocer mucho sobre trigonometría extraterrestre para saber que en cualquier punto de ese diabólico triángulo podría ser absorbido hacia otras dimensiones, sea por catetos o hipotenusa, y así perder la partida. No me creas tan estúpido por favor.” El cerebro hizo un breve silencio y reconoció diciéndonos… “Este hombre tiene un pensamiento muy hábil y realmente me sorprende. Estoy ahora en su mente y su destreza en matemáticas es impresionante. Tiene en su memoria, a corto, mediano y largo plazo, una amplia cantidad de información en cálculo y geometría que aquí en esta ciudad nadie posee. Lo que podría hacer en física sería impresionante. Pero aún no lo sabe aplicar. Amigo, escúchame, te puedo asegurar que en ese triángulo no te perderás en sus dimensiones. ¿Aceptas jugar conmigo?”. El loco, al escuchar esos elogios salivaba exageradamente. Luego en completa calma agradeció y dijo: “¡Sí Sr. Cerebro acepto jugar con sus condiciones!, pero, una pregunta: ¿cómo llegaré a ese triángulo circunscrito que hizo en el Triángulo de las Bermudas?, he estado estudiando los fundamentos de la psicotrónica pero no sé si pueda llegar hasta allá, no creo que pueda crear tanta energía y aparecer allá”. El cerebro le contestó: “No te preocupes, sólo observa”. A continuación, con sorprendentes poderes telequinésicos, tomó 9 contenedores llenos de basura de varias casas, 3 colchones y 6 microondas que el día de ayer habían desechado en una residencia del barrio, además del armamento de los policías y militares y de los sujetos armados que acostumbraban a robar por aquí. Fue un prodigioso espectáculo ver cómo el colosal cerebro fusionaba, desconstruía con una inteligencia suprema los constituyentes fundamentales de todos esos cuerpos para crear algo nuevo. En ese instante, inesperadamente, mientras contemplábamos la creación de insólitas aleaciones empezamos a recibir, pero muy violentamente, series prolongadas de todo tipo de información extrasensorial, no sé de dónde o desde cuál fuente nos fueron transmitidas explícitas predicciones de acontecimientos catastróficos y apocalípticos, era incontrolable psíquicamente detenernos y tomar conciencia de lo que nos ocurría, llegaban a nuestras mentes eventos del pasado de millones de personas que ni siquiera conocíamos, junto a memorias detalladas de cada instante atómico del primer tiempo de los períodos más antiguos del universo y su posterior evolución como si hubiésemos estado ahí. Cada uno de nosotros tenía un remolino enorme de información en medio de nuestras frentes. Clamábamos las revelaciones y no nos entendíamos, las palabras eran de otras lenguas. El procesamiento de esta gran masa de datos, creo que sería medida en terabytes, nos ocasionó fuertes dolores de cabeza, mareos, náuseas, llantos, crujir de dientes y vómitos. Varios ancianos que venían de madrugar para retirar efectivo del banco no resistieron y murieron de infarto o derrame cerebral. Aquella tarde todos los maracayeros caímos de rodillas perdiendo cualquier posible noción de la realidad. 
    

     “En esta especial nave te llevaré hasta El Triángulo de las Bermudas. Ya puedes subir con tu ajedrez.”. El loco quedó maravillado ante tal creación. Dentro de la extraordinaria máquina vio algunos detalles electrónicos, botones que podría corregir y probablemente mejorar para la sincronización pero prefirió no molestar o no parecer presumido ante el trabajo de ingeniería del gran cerebro. Quedé estupefacto cuando el monstruo cerebral se dirigió a mí hablando sólo a mi mente y en tono de mandato: “Tú judío, que temprano has medido mis dimensiones y colores, vendrás con nosotros. Necesito que alguien realice la notación algebraica de esta partida.” Yo empalidecí y quise resistirme, pensé en huir o meterme rápidamente en la panadería y perderme en el laberinto de las sillas y mesas bifurcadas, pero fui llevado en levitación hasta dentro de la nave. Recordé, en segundos, como mi antiguo amigo A. K., dentro de su habitación y rodeado de moscas, pudo armonizar en su mente, a través de una maquinaria tipo fractálica, un enorme espiral que giraba a altas velocidades cercanas a la de la luz. Su objetivo general era hacer ver el movimiento de todos los relojes que en el mundo pudieron haber existido, existen y existirán. Predecía en un tiempo lineal y absoluto todos los tiempos que fueron, son y serán. Tocan ahora su puerta. Era su cerebro que lo había dejado afuera.


     En cuestión de segundos ya estábamos en un triángulo dorado rodeado de aguas turbulentas. Tenía cierta movilidad, aunque muy débil, a pesar de las espantosas las fuerzas con que el océano se agita aquí, además de los vientos y otras cosas que percibo que no sabría explicar. Sólo hay una mesa negra enfrente. Aún es clara la tarde, y se pueden observar el sol y la luna pero veo que poseen rostros de extraños críptidos que se inscriben pero también se los intercambian continuamente. Veo pirámides egipcias, mayas y aztecas flameando por doquier. El monstruo cerebral no ha llegado, seguramente debe estar ya cerca. Verifico si puedo seguir narrando en la omnisciencia, hago los respectivos ajustes y mediciones para comprobar si puedo saber lo que piensan, sienten y actúan todas las cosas en este mundo, o al menos de lo que puede haber ahora aquí en este flotante triángulo dorado circunscrito en el océano. Pero cada vez se hacen más fuertes las interrupciones de las ondas electromagnéticas que nos rodean al loco ajedrecista y a mí.     

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